Llegamos antes del mediodía a las montañas poblanas. El plan era claro: fotografiar a un jockey con su caballo todo el día, hasta el atardecer. Tres horas de camino, flashes, rebotadores de luz y la incertidumbre de siempre: ¿funcionará el clima? ¿Reaccionará bien el caballo a la luz artificial? ¿Valdrá la pena el viaje?

Cuando cayó el sol, todo funcionó. La luz se alineó con la paciencia del jinete, el temperamento del animal y mis ajustes técnicos. Esa foto existe porque estuve ahí. Porque sentí el frío del atardecer, porque calibré la potencia de los flashes en tiempo real, porque vi cómo los músculos del caballo se tensaban cada vez que disparaba.

Días después, probé algo distinto: generar una imagen similar con inteligencia artificial. Escribí un prompt. El algoritmo tardó segundos. La imagen que salió era estéticamente comparable. Pero no había viaje, no había riesgo, no había caballo real.

Y ahí está el conflicto: ¿qué diferencia a una foto de una simulación cuando ambas pueden verse idénticas?

 

Jockey mujer montando caballo al atardecer generado por inteligencia artificial, luz dorada cinematográfica

 


La postura de Magnum Photos ante la IA

Magnum Photos, la agencia cofundada en 1947 por Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, George Rodger y David «Chim» Seymour, decidió no quedarse callada. Su legado no es solo técnico: es ético. En Magnum están algunos de los narradores visuales más importantes del mundo, como Steve McCurry, autor del icónico retrato de la «Niña Afgana». Y ahora, liderada por Cristina de Middel, la agencia enfrenta una pregunta incómoda: ¿cómo defender la fotografía cuando un algoritmo puede imitar su lenguaje?

La respuesta de Middel es directa: «Así como te dicen si hay transgénicos en la comida, deberían decirte si una imagen fue creada por IA». No propone prohibir la tecnología, sino etiquetarla. Que quien consume la imagen sepa qué está viendo.

Magnum y World Press Photo organizaron «Writing With Light» (Escribiendo con Luz), un proyecto que reunió más de 100 fotografías auténticas, tomadas por manos humanas, para recordar algo que parece obvio pero que se está olvidando: la fotografía nació como una forma de capturar luz reflejada en un momento real. No es solo una imagen bonita. Es un registro de que alguien estuvo ahí, en ese lugar, en ese instante.

 

Cristina de Middel, presidenta de Agencia Magnum, en su oficina profesional durante entrevista
Cristina de Middel lidera una de las agencias fotográficas más prestigiosas del mundo

 

Puedes explorar más sobre esta iniciativa en: Writing With Light

 


Los riesgos de las imágenes generadas por IA

La inteligencia artificial generativa es útil. Lo reconozco porque la uso. En mi taller, mis alumnos practican con IA constantemente. Quien la entienda estará un paso adelante; los investigadores afirman que en tres años, quien no la use quedará fuera del mercado. Pero esa utilidad tiene un costo.

El primer problema es el «dividendo del mentiroso»: si cualquiera puede generar imágenes hiperrealistas, ¿cómo sabemos qué es verdad? El caso de Kate Middleton es un ejemplo perfecto. La Casa Real británica publicó una foto familiar que resultó estar editada con IA. Middleton tuvo que disculparse públicamente. La imagen se viralizó no por su contenido, sino por la sospecha que generó. Y cuando alguien famoso cae en esto, las redes no lo sueltan. Lo maximizan, lo convierten en entretenimiento.

El segundo problema es más profundo: la desensibilización del proceso creativo. Cristina de Middel lo dice claro: «Tener un teléfono que toma fotos no te hace narrador visual». Generar una imagen con un prompt tampoco. La narrativa visual no está en el resultado, está en la experiencia. En saber qué se siente fotografiar a un caballo que puede asustarse. En entender que la luz no es un ajuste de software, sino un elemento físico que cambia cada segundo.


 

Fotografía editada de Kate Middleton con sus hijos publicada por Casa Real británica que generó controversia
Foto publicada por la Casa Real británica. En una nota después Kate Middleton se disculpa por ‘editar’ una imagen con sus hijos.

 


Consejos para fotógrafos en la era de la IA

¿Dónde trazo yo la línea?

Uso filtros neurales. He probado motores generativos que están dejando atrás incluso a Photoshop (aunque no lo den por muerto, seguro saldrá con alguna sorpresa). Pero para mí, la línea está en la honestidad: si generé algo con IA, lo digo. Si manipulé algo más allá de ajustes técnicos básicos, lo marco. No por moralismo, sino porque el valor de mi trabajo está en lo que viví para crearlo.

Hace poco, un alumno de 18 años me preguntó si la fotografía todavía servía, dado que la IA «lo hace mejor». Mi respuesta fue esta: la IA no lo hace mejor, hace algo distinto. Es un antes y un después. Pero no reemplaza la mirada. No reemplaza el proceso. Y sobre todo, no reemplaza la memoria.

La fotografía es el registro de que estuvimos ahí. El hombre cromañón se pintaba en las cuevas para decir «yo existí». La fotografía hace lo mismo, pero con luz. Si dejamos que los algoritmos escriban nuestra historia visual, ¿qué quedará de nosotros cuando solo queden simulaciones?

Los problemas que faltan por resolver

La IA tiene desafíos estructurales que todavía no se resuelven: derechos de autor, metadatos, autoría. ¿Quién es el dueño de una imagen generada con datos entrenados de millones de fotos sin permiso? ¿Cómo se verifica la autenticidad de una imagen en un mundo donde todo puede ser falso?

World Press Photo fue tajante: las imágenes creadas por IA no tienen cabida en sus concursos. Su argumento es simple: «Una fotografía captura la luz en un sensor o película, mientras que la IA crea algo completamente artificial». Es una postura clara. Y necesaria.

El futuro no está escrito. Estamos en el inicio de lo que los eruditos llaman «la siguiente modernidad humana». La IA ofrece posibilidades infinitas, pero nos obliga a preguntarnos qué es real y qué no. Y más importante: qué valor le damos a lo real.

Cristina de Middel lo resume perfectamente: «La fotografía nació como una forma de capturar la luz, y esa es una magia que ninguna máquina puede replicar por completo».

La fotografía seguirá viva mientras haya fotógrafos que entiendan que el acto de mirar implica estar presente. Porque al final, la historia la escribimos nosotros, con luz, y como humanos debemos dejar el registro de que alguna vez existimos.

 


[Basado en declaraciones de Cristina de Middel para medios internacionales, documentación de Magnum Photos y World Press Photo, y experiencia propia como fotógrafo y docente.]

 

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