En la mañana del 24 de octubre de 2024, las redes sociales ardían con una imagen que, en cuestión de minutos, se volvió viral.

El Popocatépetl había exhalado una fumarola en forma de corazón perfectamente reconocible, un corazón dibujado en vapor contra el azul del cielo, y miles de personas —desde CDMX hasta Puebla— lo presenciaron al mismo tiempo.

Como fotógrafo que ha documentado este territorio durante más de treinta años, mi primera reacción fue de asombro técnico. ¿Cómo diablos se alinean las condiciones para que eso pase? Vientos en altura, temperatura del vapor, velocidad de ascenso, humedad atmosférica.

Héctor Rosas, el reportero de Canal 80 que capturó una de las imágenes más compartidas, no es fotógrafo de naturaleza. Es un periodista de calle que cubre inundaciones, manifestaciones, accidentes. Un tipo que en 2023 salvó a un hombre de ahogarse en una coladera durante una transmisión en vivo, sin soltar su paraguas ni dejar de informar. Esa es la clase de fotógrafo que captura estas imágenes: el que está en las carreteras, el que trabaja el territorio, el que mira porque su oficio lo obliga a estar atento.

Entiendo perfectamente esa dinámica. Durante mis años como estudiante y visitando a mis vecinos de ingenieria, desde las terrazas de la facultad en CU, veía al Popocatépetl exhalar fumarolas impresionantes. Pero entonces no cargaba cámara. Los celulares todavía no tenían la cámaras de ahora y cuando tuve equipo profesional. subí a las montañas cercanas en una campaña para instalar ductos de agua —teniendo al volcán de frente— una nube lo tapaba. La única nube en cuarenta kilómetros. Exactamente ahí. Debes tener mucha suerte para tomar este tipo de fotos. O, más bien, debes estar en el lugar correcto cuando la suerte decide aparecer.

¿Estás prestando atención?


Primera Cortina: El Tiempo que se Condensa en una Imagen


La pareidolia —ese fenómeno psicológico que nos hace ver rostros en las nubes, figuras en las manchas, patrones en el caos— es un mecanismo evolutivo de supervivencia. El cerebro humano está programado para detectar formas reconocibles porque eso nos permitió, como especie, identificar amenazas y oportunidades en entornos inciertos. No es un defecto. Es una función cognitiva normal y común. Pero lo interesante no es que veamos un corazón en el vapor: lo interesante es que, culturalmente, lo interpretemos como una declaración de amor.

Porque no vivimos en un territorio neutro. Vivimos en el Valle de México, donde dos volcanes tienen nombre, género, historia. Donde el Popocatépetl no es solo una montaña: es «Don Goyo», el guardián, el abuelo, el que avisa. Donde cada fumarola blanca (vapor sin ceniza) se lee como suspiro, no como amenaza. Donde la leyenda prehispánica de Popocatépetl e Iztaccíhuatl —el guerrero que vela eternamente el sueño de su amada— sigue organizando la manera en que miramos el paisaje.

Esa capa simbólica no es decorativa: es estructural. Determina cómo habitamos el riesgo volcánico. Por qué las comunidades cercanas al cráter no se mudan a pesar de las alertas y eso lo platique con gente del lugar. Por qué cada exhalación se comenta en redes sociales con familiaridad, no con pánico. Entender eso es entender que la fotografía no solo documenta: interpreta. Y lo que interpreta está condicionado por siglos de memoria colectiva.

Cuando analizo esta fotografía desde mi experiencia docente —enseñando a leer imágenes, no solo a tomarlas— identifico al menos tres capas temporales superpuestas. Está el tiempo geológico: el Popocatépetl es un volcán activo desde hace más de 500,000 años. Lo que vemos en la imagen es apenas un instante en una biografía que nos precede y nos sobrevivirá por milenios.

Está el tiempo mítico: la leyenda que convierte esa montaña en el guerrero Popocatépetl, velando el sueño eterno de la princesa Iztaccíhuatl (la mujer dormida, el volcán vecino cuya silueta recostada es perfectamente reconocible). Ese relato no es solo folklore: es la forma en que generaciones han dado sentido a la presencia monumental de esas montañas en el horizonte.

Y está el tiempo fugaz: los segundos en que esa columna de vapor mantuvo su forma reconocible antes de disiparse. La imagen congela ese umbral: el instante antes de que lo simbólico volviera a ser solo física atmosférica.


Segunda Cortina: Seguimos necesitando que las montañas nos hablen.


Una pregunta que me hacen constantemente: ¿la imagen está editada? ¿Es real o es Photoshop? Y la respuesta es: completamente real. Lo sé porque múltiples personas la capturaron simultáneamente desde distintos puntos. Webcams de monitoreo, cámaras de celular, equipo profesional. Todas muestran la misma geometría. Eso no pasa con imágenes manipuladas.

Pero la pregunta revela algo importante sobre nuestra relación con la imagen digital. Desconfiamos. Y hacemos bien.

Vivimos en una época donde cualquier cosa puede ser generada, alterada, fabricada. Por eso la honestidad técnica no es solo un valor ético. Es un valor de supervivencia informativa. Esa fumarola ya no existe. Se disolvió en la atmósfera minutos después de formarse. Pero la imagen permanece. Y permanece porque activa algo profundo: la necesidad humana de leer sentido en el caos natural. De ver amor donde hay leyes físicas. De reconocernos en lo que es completamente ajeno a nosotros.

Como fotógrafo que ha documentado arquitectura, rostros, espacios, territorios, aprendí hace tiempo que las imágenes más poderosas son las que recibes. Las que aparecen. Las que exigen apenas el reflejo de levantar la cámara a tiempo. Esta es una de esas. Por eso no importa tanto quién fue el primero en capturarla. Por eso la autoría se difumina. Lo que prevalece es el testimonio colectivo.

Y lo que ese testimonio dice es claro.  Que el territorio sea algo más que geología. Que el Popocatépetl sea Don Goyo, y que Don Goyo, de vez en cuando, exhale corazones para recordarnos que el amor —ese constructo puramente humano— es la forma en que damos sentido a un mundo que, de otro modo, sería indiferente.

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