La primera vez que vi la Vía Láctea completa fue en Chapa de Mota, en los años ochenta. Acompañaba a mi padre y sus amigos al observatorio astronómico. Una franja luminosa partiendo el cielo en dos mitades desiguales. No tienes idea de cómo parte el cielo la Vía Láctea hasta que puedes verla de verdad.
Comensé a realizar noches arstrónomicas con alumnos desde 2006 del taller de Fotografía Creativa y de la Facultad. En Xochicalco, Morelos, ya había un aeropuerto cercano. Las casas del pueblo tenían lámparas blancas que nunca se apagaban. El horizonte brillaba con un resplandor sucio que devoraba la oscuridad. Las estrellas menguaron. La Vía Láctea se diluyó hasta volverse invisible.
Esa noche entendí que no estaba perdiendo solo un paisaje: estaba presenciando el final de algo que había guiado a la humanidad durante milenios.
El velo que pusimos nosotros mismos
La contaminación lumínica es la causa invisible de nuestra era. Nos roba el cielo nocturno, altera nuestros ritmos biológicos y perturba ecosistemas enteros. Pero casi nadie se queja, porque la mayoría nunca supo lo que perdió.
Nací en el Distrito Federal —así se le llamaba entonces a la Ciudad de México— donde las estrellas solo existían en libros y planetarios. De niño no tomas conciencia de estas cosas. Asumes que el cielo es naturalmente gris, que «arriba» hay poco que mirar. Hasta que sales de la ciudad y descubres que te mintieron sin saberlo.
Nuestros ancestros navegaban océanos guiados por estrellas que hoy apenas podemos ver. Construyeron mitologías enteras basadas en constelaciones que han desaparecido tras el resplandor de los rascacielos. Aquí en la Ciudad de México conocemos a Orión —el cazador tras el escorpión— porque su cinturón son nuestros tres reyes magos, porque está al norte temprano en la época de viento y noches despejadas, con estrellas tan intensas que hasta nosotros las vemos. Pero ya no distinguimos la nebulosa que forma su espada.
Apagamos la noche y con ella borramos parte de lo que algún día fuimos como especie.
El ritual de perseguir la oscuridad
Durante la década de 2010 organicé viajes a Salamanca, Guanajuato, para fotografiar cielos nocturnos con alumnos. Montábamos campamentos, llegaban astrónomos aficionados, preparábamos cámaras y telescopios. Pero incluso ahí, en una de las luminarias más apartadas, la Vía Láctea apenas era visible. Cada año el resplandor se comía más territorio. Cada año necesitábamos ajustes técnicos más extremos.
Ahora fotografiar la Vía Láctea es casi un acto de arqueología visual. Necesitas cámaras full frame con rango dinámico alto, aperturas de f/2.8 o menores, velocidades entre 10 y 25 segundos calculadas con la regla del 600, ISOs entre 3200 y 6400, enfoque manual a estrellas lejanas, formato RAW. Y aun así, lo que capturas es apenas un fantasma de lo que veías a simple vista hace un siglo.
Ya no he encontrado un lugar realmente oscuro A lo mucho, una noche despejada por viento fuerte. La Vía Láctea está ahí, lo sabemos, pero no podemos verla. Nadie de estas generaciones conoce que existe, salvo por fotografías editadas o pantallas de planetarios.
En las Noches de las Estrellas en Ciudad Universitaria pasamos por esto constantemente: los astrónomos aficionados sabemos qué debería estar visible y lo ubicamos con telescopios. ¿Pero cómo explicárselo a alguien que nunca lo ha visto? ¿Cómo convences a una generación entera de que le robaron algo si nunca supieron que lo tenían?
Lo que se pierde no es solo belleza
La luz no es el problema. Hace dos siglos, las Reformas Borbónicas iluminaron las calles del Imperio Español en América con dinteles de fuego y aceite. Hace un siglo llegó la guerra de las corrientes —Edison contra Tesla— peleando por iluminar definitivamente las ciudades con luz eléctrica. Ahora tenemos corredores seguros con LED laterales que hacen lucir las calles hermosas.
El problema no es la luz. Es el exceso. La sobrecarga. La incapacidad de permitir que la oscuridad haga su trabajo en una ciudad que debe ser productiva, eficiente y segura las 24 horas.
Los humanos, como todas las criaturas del planeta, estamos diseñados para la alternancia entre luz y oscuridad. Nuestro cuerpo sigue un ritmo que ha existido desde que el primer homínido levantó la cabeza y vio el cielo nocturno. Cuando la luz artificial invade la noche, ese ritmo se rompe. No dormimos bien. Nos enfermamos más. Nos sentimos agotados sin razón aparente.
Los animales nocturnos se desorientan. Las aves migratorias pierden su camino. Las tortugas marinas recién nacidas, en lugar de ir al mar, siguen la luz de una autopista.
Y nosotros criamos generaciones que nunca han experimentado la verdadera oscuridad.
Resistencias menores, gestos necesarios
Pero algunos lugares pelean por recuperar la noche. Ciudades como Flagstaff, Arizona, adoptaron regulaciones para reducir la contaminación lumínica. Países como Chile protegieron sus observatorios con leyes específicas. Movimientos como Globe at Night buscan despertar conciencia global sobre este problema.
No puedes apagar la luz de una ciudad entera, porque muchos apreciamos los beneficios. Pero apagar una luz de vez en cuando, al mismo tiempo, puede parecer insignificante. En realidad es un acto de resistencia menor. Amor por la noche. Amor por la naturaleza. Amor por la posibilidad de volver a mirar al cielo sin que el resplandor urbano lo devore todo.
Apaga una luz esta noche y mira hacia arriba. Puede que no veas la Vía Láctea —probablemente no la veas—, pero al menos sabrás que está ahí, esperando. Y eso ya es un principio.
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